Preludio a la destrucción

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Aquel templado mediodía del lejano septiembre de 1968, salí, como de costumbre de la escuela primaria “21 de agosto de 1944”. Vestía mi camisilla blanca, suéter rojo y pantalón azul marino. Iba de regreso a casa, caminar el retorno del barrio de Copilco el Bajo al de Loreto. Había que cruzar la Avenida Insurgentes y después la Avenida Revolución, dos de las más grandes avenidas de la ciudad que corren paralelas de norte a sur y viceversa.

La romería de la salida escolar se esfumaba luego de unos pocos minutos en que se compraban chicharrones de harina con salsa botanera, raspados de sabores, toficos, paletas de hielo y demás golosinas, entonces había que regresar a casa, cruzar el prado o boulevard, que tapó el último tramo del Río Magdalena.

Al salir del bulevar hacia Insurgentes el panorama citadino era inusitado: enormes tanques de guerra avanzaban lentamente hacia la ciudad universitaria sobre el pavimento de la gran avenida, que quedaba sólo a medio kilómetro de la actual parada de Doctor Gálvez del Metrobús. Para un escuincle de apenas ocho abriles eso era algo como salido de la televisión, del programa “Combate” de aquellos años, y los miraba con algarabía en mi indecible inocencia. Pensaba que filmaban una película o gravaban un programa para la televisión, no tenía la menor conciencia de lo que ocurría, pues ese día fue mancillada alevosamente la autonomía universitaria por el gobierno bastardo de ese mal nacido de nombre Gustavo Díaz Ordaz.

Nunca imaginé que aquel gorila purulento perpetraba una de sus acciones más cobardes y afrentosas a nuestra máxima casa de estudios, que años después sería mi alma mater y la de mis cinco hermanos. ¡Cómo diablos iba a caber en mi imaginario infantil! que aquel sátrapa daba la más brutal muestra del abuso de poder y que maquinaba la hecatombe del dos de octubre de aquel año aciago para el estudiantado y para todo el pueblo mexicano.

Lo que sucedió después durante el horror de la noche de Tlatelolco lo vine a entender diez años después, cuando estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades del Sur, se develó ante mí la ignominiosa verdad, la página más cruel y brutal de nuestra historia reciente, y sentí rabia e impotencia ante tanta barbarie y tanta sangre inocente derramada en la Plaza de las tres culturas en Tlatelolco, tantos hermanos estudiantes sacrificados a mansalva, tantas vidas cercenadas por la guadaña vil de la puta “razón de estado”.

Por eso ahora que miro con fruición la respuesta del estudiantado politécnico ante las reformas que quieren implantar en su prestigiada institución el actual gobierno priísta, admiro la entereza con que defienden su dignidad los jóvenes “burros” del poli, así se defiende el orgullo de ser estudiante, así se muestra el coraje para encarar otro gobierno tricolor y fascistoide como el de Ordaz, e indefectiblemente recuerdo aquel pasaje, cuando en 1986, siendo estudiante de la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, se verificó la huelga encabezada por el Consejo Estudiantil Universitario (CEU), en respuesta a las reformas que intentaba imponer el entonces rector Jorge Carpizo, las que ponían en riesgo la gratuidad y el pase automático del bachillerato a la licenciatura, entre otras reformas adversas para la comunidad universitaria.

En la Facultad de Políticas se experimentaba un movimiento inusual para echar abajo tan nefastas propuestas, la comunidad se prodigaba en mítines, boteos, guardias y activismo en toda la ciudad. Por la noche había que hacer guardias en el Instituto de Investigaciones Antropológicas, donde la gente llegaba por la noche a ofrecernos café, pan, alimentos enlatados, pero sobre todo, su solidaridad moral, lo que nos motivaba a seguir en la lucha. Algunos llevaban guitarras para cantar y hacer más llevadera la noche y el frío. Hacíamos activismo en todo el campus y fuera de él, había que ir a asambleas y marchas de repudio. Las reformas no pasaron, la unidad estudiantil es tan poderosa cuando se lo propone, que puede detener reformas provenientes de las más altas y retrógradas esferas del poder.