Viajar de “mosca” en el tranvía

Columna: Crónicas del barrio

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Por Arturo Olvera Hernández


Los tranvías de la ciudad de México fueron un transporte práctico y eficiente hasta mediados de los ochenta, del siglo pasado, cuando aún la vialidad no era ten vertiginosa en la megalópolis defeña. Había también trolebuses que recorrían varios puntos desde el norte hasta el Sur y de Oriente a poniente. Como el que salía de la Unidad Independencia o de la Ciudad Universitaria a Iztapalapa. El que salía de C.U. a La merced. De C. U. a Chapultepec y los que recorrían el centro de la ciudad hasta ese tiempo transitable y recorrida por automovilistas civilizados.

Por aquellos años de principios de los setenta, cuando cursaba la secundaria en la escuela diurna número 68, y a la cual la mayoría la conocía como la seis ocho, pues era de las de más prestigio en el rumbo. A la salida, cerca de las 14:00 horas, y luego de comprarse una paleta de hielo marca Regio, que distribuían en carritos para llevarlas frescas hasta las escuelas o comer fruta fresca como pepinos, piña, mangos o naranjas, nos dirigíamos a la parada del camión, para esperar el que iba hasta Tizapán y que nos dejaba cerca de nuestro barrio.

Había veces que nos gastábamos lo del pasaje y en la “parada” del camión, en la Avenida Revolución y Tlacopac, esperábamos el transporte, entonces aún no se ponían de moda “las peseras” y había los camiones urbanos color crema con unas franjas verdes, los troles y tranvías también estaban pintados del mismo color. Justo por ese punto pasaba “el trenecito”, como llamábamos al tranvía que venía desde Chapultepec cruzando media ciudad.

Entonces la palomilla sin dinero y con ganas de aventura esperábamos a que pasara el tranvía, ahí en ese cruce de Revolución y Tlacopac hacía “parada” y luego encaminarse por la avenida hasta la cabecera sur del Estadio Olímpico México 68, donde hacía base, para después regresar a Chapultepec. Éramos varios los que esperábamos ese vehículo para treparnos en la parte de atrás y así viajar gratis de “mosca”.

Una vez que el tranvía paraba en esa esquina para que subieran los que iban a pagar su viaje, detrás había varios compas que estábamos prestos a colgarnos en la parte trasera y sin pagar los 45 o sesenta centavos que entonces se pagaba por abordarlo. En cuanto sabíamos que nuevamente continuaría su curso por la vía, trepábamos a unos bordes en la parte trasera, nos sujetábamos de las ventanillas y encogíamos el cuerpo para que el conductor no nos pudiera ver desde su asiento por el espejo retrovisor, y entonces iniciar el viaje de regreso a casa.

Allí íbamos, sigilosos, nerviosos, porque si nos veía el chofer seguro paraba el transporte, tomaba una especie de barreta, que era con lo que hacía el cambio en las vías y sin miramiento nos la lanzaba a los pies. Varias veces sucedió que de improviso y a toda velocidad paraba, tomaba la barreta y bajaba para espantarnos y librarse de las “moscas” que traía colgando.

Hacer esto nos proporcionaba diversión, emoción y la adrenalina necesaria para jugarnos el físico, pues un resbalón del “trenecito” no podía costar una severa lesión o incluso la vida. Pues aunque la velocidad del tranvía no era mayor a los 70 kilómetros, a esa velocidad si era bastante riesgosa una caída.

Pero al siguiente día, ahí estábamos los mismos desmadrozos: El Ray, El Vecino, El Janos y otros en espera de brincar nuevamente al “trenecito”. A veces se nos caía la mochila o algo de ella y jalábamos un tirante para que se detuviera intempestivamente al perder la conexión con los cables de energía y saltar para recoger lo que se nos había caído. Esperar entonces otra unidad y continuar nuestro furtivo y peligroso viaje.

Algunos años después los tranvías se volvieron anacrónicos en la gran ciudad con la llegada del metro, fue cerrada la estación de Ciudad Universitaria y las vías hasta Chapultepec fueron sepultadas por el asfalto. Todavía en algunas calles del Centro se pueden ver en pequeños tramos como sobresalen algunos fragmentos de las añejas vías, donde hace ya casi medio siglo se deslizaban ceremoniosamente los tranvías.